La intendente Maritza Jaramillo es la protectora de cientos de niñas explotadas sexualmente y de niños cuyo hogar son las calles de Medellín. Racimos humanos siempre salen a su encuentro."¡Por favor no me quite a mis hijos!". Con esa súplica, la joven madre botada en plena calle de Medellín y escondida debajo de unos cartones, en compañía de sus tres pequeños hijos, recibió a la mujer policía. La intendente Maritza Jaramillo, una paisa con 17 años policiales, entendió perfectamente y no tardó en comprender que, pese a estar en condiciones de extrema miseria, la mamá sí cuidaba de sus pequeños. Esta lección de vida llevó a Maritza a liderar una campaña gigante para arrebatarle al pavimento docenas de niñas explotadas sexualmente y niños carcomidos por la mugre, los piojos y la droga. A una niña, de escasos 11 años, la recogió con llagas en la cabeza e infectada por una enfermedad de transmisión sexual. Intentó recuperar a un niño, de edad similar, que vivía entre una cueva con adultos dedicados al vicio, pero el plan se frustró al morir electrocutado mientras hurtaba unos cables. Ya lleva nueve años en su lucha, que ha tenido eco entre sus propios compañeros y autoridades civiles, quienes ya ven con otros ojos el drama de los habitantes de la calle. "Tenemos que pasar de la represión a la educación, porque detrás de la mugre y la agresividad se esconden una tristeza y una desesperanza muy grandes. Son seres humanos que claman por ayuda". Y así es. Cada vez que ella desciende de la patrulla, racimos de abandonados corren a saludar a la "tía" Maritza y a contarle sus penurias y las pequeñas victorias en su afán por recuperar sus vidas. Ella, sin importar el olor a mugre, los besa y los abraza con ternura de madre. Tiene guardado en su memoria el nombre de cada uno de ellos, al igual que la tragedia por sus vidas.